La relación de
Jannik Sinner con el esquí ha evolucionado a la par de su ascenso a la cima del tenis profesional. Ahora número 2 del mundo, solo por detrás de Carlos Alcaraz en la clasificación, el italiano llega al tramo inicial de la temporada 2026 tras una derrota en semifinales ante Novak Djokovic en el
Open de Australia. Antes una actividad diaria en su localidad alpina, el esquí es hoy algo que aborda con cautela, consciente de lo rápido que una lesión podría cortar el impulso al máximo nivel.
En una entrevista con Vogue, Sinner dejó claro que su pasión por el esquí no ha desaparecido, pero que las prioridades cambiaron de forma natural cuando el tenis se convirtió en su profesión. El giro, explicó, comenzó hace varios años, cuando la madurez sustituyó al instinto. A medida que crecían las expectativas y su calendario se llenaba de grandes torneos, la gestión del riesgo se volvió ineludible, especialmente con cada punto y cada presencia en juego teniendo consecuencias a largo plazo.
Sinner sigue el esquí de cerca y está al tanto de los mejores atletas de Italia, pero acepta que participar ahora implica un coste mucho mayor que una sola tarde de invierno. Con Doha marcado como su próximo torneo en el calendario ATP, el margen de error es mínimo. Cualquier contratiempo fuera de la pista podría comprometer la preparación, la continuidad y la posición en una temporada en la que la regularidad es esencial.
El tenis, en cambio, le ha ofrecido estructura, disciplina y una sensación de control más clara. Los partidos aportan referencias, desde el marcador hasta los ajustes tácticos, e incluso permiten gestionar el esfuerzo físico cuando es necesario. Ese marco, ausente en el esquí, ha moldeado cómo entiende Sinner ahora la presión y el rendimiento. Si bien el esquí definió en su día su identidad competitiva, el tenis se ha mostrado más adecuado para la longevidad, aunque implique renunciar a la adrenalina pura que admite que aún echa de menos.
Riesgo, control y presión competitiva
Sinner describió su relación actual con el esquí como cautelosa pero respetuosa. Durante el invierno en casa, la tentación sigue siendo fuerte, aunque siempre interviene la conciencia de las posibles consecuencias. Reconoció que, al inicio de su carrera, subestimó lo frágil que puede ser el impulso físico, especialmente cuando el tenis se convirtió en su actividad principal.
“Sí, es una relación interesante. Cuando estoy en casa en invierno, me encanta ir. Pero empecé a volverme muy, muy cuidadoso hace cuatro o cinco años. Tenía que asegurarme de que no pasara nada. Creo que no era lo bastante maduro. Empecé a darme cuenta de que las lesiones pueden llegar muy rápido.”
Pese a dar un paso atrás, Sinner sigue conectado emocionalmente al esquí. Ve las competiciones, sigue a los atletas y habla con admiración de la fortaleza de Italia en la disciplina. Aun así, el cálculo es inevitable. Una caída descontrolada podría deshacer meses de entrenamiento y preparación, un riesgo que ahora considera inaceptable en la élite del tenis.
La diferencia fundamental, explicó, está en el control. El tenis ofrece puntos de referencia: marcadores, sets, tácticas y opciones para ajustar. El esquí no brinda nada de eso. Una vez que empieza la bajada, no hay recalibración, solo compromiso. Esa ausencia de feedback, dijo, genera una forma de presión distinta e implacable.
“Diría que el esquí tiene un tipo de presión diferente. Tienes que rendir bien aunque no sepas realmente dónde estás. En tenis, tienes una gran baza, porque siempre conoces el marcador… Pero el esquí no es así en absoluto. Simplemente vas, y no tienes idea hasta que termina.”
Adrenalina, dudas y elección por el tenis
Lo que Sinner más echa de menos del esquí no es la competencia ni las medallas, sino la sensación. La velocidad, la exposición y la toma de decisiones instintiva le daban un subidón que el tenis rara vez replica. Al mismo tiempo, esa intensidad fue generando con el tiempo duda más que confianza, especialmente cuando los errores acarreaban consecuencias irreversibles.
Explicó que la presión de saber que todo podía acabar en un segundo se volvió mentalmente agotadora. Con el tiempo, esa realidad disminuyó su disfrute de la competición, aunque la atracción física nunca desapareciera. La adrenalina seguía, pero el coste mental crecía. “Así que tienes esta presión y, para mí, esto se convirtió en mayormente, también, dudas. Empecé a disfrutar un poco menos de la parte competitiva. Pero seguro que echo de menos la adrenalina. Echo de menos ir rápido.”
La educación de Sinner hizo que el esquí se sintiera inevitable. Las pistas formaban parte de la vida diaria, tan natural como el agua para quien crece junto al mar. El éxito llegó pronto, reforzando un sentido de pertenencia al deporte. El tenis, en cambio, presentó un camino más duro, sin recompensas inmediatas y con muchas menos garantías.
El punto de inflexión llegó cuando Sinner chocó con el desequilibrio entre esfuerzo y resultado. Horas, semanas y meses de preparación podían esfumarse por un solo error. En el tenis, encontró algo distinto: tiempo, margen y la posibilidad de recuperarse. “Puedes invertir mucho tiempo para que todo se termine en un segundo. Me costó mucho adquirir la mentalidad de que un error puede costarte. En tenis, puedes cometer un error tras otro, pero quizá aún sigas dentro del partido.”
En última instancia, el tenis le ofreció a Sinner un desafío que aún no había conquistado. Mientras que de niño ganaba con frecuencia en esquí, el tenis le obligó a construir el éxito desde cero. Esa dificultad, más que los triunfos tempranos, moldeó su ambición y confirmó su camino. “Cuando era joven, gané mucho en esquí. Nunca gané nada en tenis. Quise construir más hacia ganar en algo diferente.”